PURPURADO ALEMÁN, QUE DURANTE LA NIÑEZ ADHIRIÓ AL NAZISMO, SE HA ERIGIDO EN UNO DE LOS PRINCIPALES PAPABLES
Prefecto para la Congregación de la Doctrina y la Fe, la heredera del tristemente célebre Tribunal de la Santa Inquisición, el alemán Joseph Ratzinger se destaca tanto por su ortodoxia religiosa como por su aversión hacia el reformismo católico.
Roma.-¿Se imagina a la Iglesia Católica gobernada por una figura estrella del ultraconservador Opus Dei, perseguidor de la teología ‘revisionista’, que en su niñez militó en el nazismo y partidario de excomulgar a hombres o mujeres divorciados que se hayan vuelto a casar?
Aunque se trata de una mera especulación, existe la posibilidad de que un hombre con este perfil surja del cónclave vaticano, que comenzará el lunes, como sucesor del difunto Papa Juan Pablo II. ¿Su nombre? Joseph Ratzinger.
Prefecto para la Congregación de la Doctrina y la Fe (heredera del tristemente célebre Tribunal de la Santa Inquisición) desde 1981 y decano del Colegio Cardenalicio, este teólogo alemán que fuera arzobispo de Munich y Freising se ha ubicado como uno de los principales aspirantes para acceder al trono de San Pedro.
Así al menos lo aseguraron ayer dos prestigiosos diarios italianos: Corriere della Sera y La Repubblica. El primero indicó que Ratzinger tendría ya el apoyo confirmado de unos 40 cardenales, en tanto que el segundo aseguró que contaría con los votos de hasta 50 purpurados. Un nivel de respaldo significativo, si se considera que en el cónclave se requiere la adhesión de 77 cardenales electores (dos tercios más uno de los 115 purpurados presentes) para ser ungido Papa.
Según expertos vaticanistas, la clave del ascenso del hasta ahora ‘guardián de la ortodoxia’ católica descansa en el intenso lobby de la mayoritaria corriente conservadora, que ven en Ratzinger al sucesor natural de Juan Pablo II, de quien fue su brazo derecho, así como el candidato ideal para un papado de ‘transición’. Pero, ¿de transición hacia dónde? Con toda seguridad, hacia un ultra conservadurismo.
Miembro del tradicionalista Opus Dei, sus rígidos puntos de vista tanto en cuestiones de fe como en política -es un declarado antimarxista- le han valido apodos como los de ‘Panzerkardinal’ (Cardenal Panzer, en referencia al tanque de era nazi), ‘Gran Inquisidor’ y ‘perro guardián de la ortodoxia’.
Para muchos, es el símbolo de una Iglesia Católica anclada en el pasado. De hecho, ha tenido una política especialmente dura hacia los teólogos que se han apartado de su estricta línea doctrinal (desde su cargo persiguió incansablemente a los ideólogos de la Teología de la Liberación), y ha alejado a otras denominaciones cristianas al decir que no son verdaderas iglesias.
Además, Ratzinger se ha mostrado como el campeón de la intolerancia, manifestando su franca aversión a la ordenación de mujeres como sacerdotisas y a las uniones entre homosexuales, al tiempo que se ha mostrado a favor de excomulgar a hombres y mujeres divorciados que se hayan vuelto a casar.
Pero el llamado ‘martillo de los herejes’ también lleva sobre sus hombros un pesado lastre del pasado: su adhesión al nazismo, que él mismo admitió en uno libro autobiográfico, en el que reconoció que estuvo encuadrado en la Juventud Hitleriana cuando tenía 12 años.